jueves, 21 de junio de 2018

Intervalos

Ella mordió el extremo del lápiz, meditabunda.
Él se lo arrebató y escribió su nombre en la primera hoja del cuaderno.
Ella lo recuperó y escribió el suyo.
Él se lo quitó de nuevo y rodeó los dos nombres con un corazón.
Ella se apresuró a tacharlos.
Él fingió que no le importaba y agitó el lapicero como si dirigiera una orquesta.
Ella simuló tocar el violín.
Él, animado, hizo percusiones sobre la mesa.
Ella bailó unos pasos de claqué con el lápiz a modo de bastón.
Él improvisó un paraguas y le cantó bajo la lluvia.
Ella se emocionó y le escribió un poema.
Él la alabó y subrayó su verso favorito.
Ella sonrió y se recogió el pelo, coqueta.
Él dibujó una flor y con una reverencia se la ofreció.
Ella la decoró con rayas y puntitos.
Él le mandó un mensaje secreto en código morse.
Ella se sonrojó y se le cayó el lapicero al suelo. Al ver la punta rota rompió a llorar.
Él, para consolarla, convirtió el lápiz en una varita mágica y los transportó fuera del aula.
Ella, maravillada, señaló el lugar exacto en un mapa para no perderse.
Él dejó flotar el lapicero a la deriva.
Ella lo usó para fabricar un reloj de sol.
Él hizo malabares con el lápiz.
Ella cavó la tierra y plantó semillas.
Él recuperó el lapicero para rascarse la espalda.
Ella fabricó una lanza y fue a buscar comida.
Él usó el lápiz de mondadientes.
Ella midió la distancia que los separaba: un lapicero.
Él rompió la barrera por la mitad y la besó.
Ella, ofendida, cogió un fragmento y trazó en la arena una raya divisoria.
Él, impasible, siguió garabateando con el otro pedazo.
Ella le esperó afilando su lápiz.

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