lunes, 4 de junio de 2018

Cuervos negros

Un cepillo de dientes, un plato en la mesa, la cama fría.
El reloj que ignora la hora de recalentar la comida.
Un silencio que hace eco en la paz perdida.
No hay peine ni protocolo en una casa vacía.
Enciende la tele para contarle qué tal le fue el día,
para no perderse por el pasillo de la vida.

El miedo es un muñeco grande y feo que la mira,
al que se le cae el pelo y la piel y los dientes,
es un esqueleto que no teme a la muerte.
En la oscuridad del remedio
la sangre abandona con furia los huesos.
Habita en su cuerpo como muerta en vida.
Mas la mente durmiente es una amiga,
si en la llamada anónima del acoso
las voces de gusano le mienten,
si los gritos de serpiente le dicen qué hacer
y la incoherencia le cambia hasta desaparecerle.

La verdad es un fantasma que rasca las paredes,
el hábitat de los monstruos desconocidos
y de los miedos de siempre.
Los errores crecen y envejecen.
La enfermedad que embruja
acecha desde la simiente.

Contemplo su reflejo
y los cuervos negros.
Y los cuervos negros
la mirada me devuelven.

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