domingo, 27 de mayo de 2018

Gominola

Se llamaba Inmaculada e irradiaba luz. Era el verano en la playa, los castillos de risas, música y golondrinas pintando el cielo de mar. Era la niña que siempre tenía caramelos. Su madre le preparaba cada mañana una variada selección que envolvía con cuidado en papel de aluminio. Mi mamá no me deja compartir, no lo cuentes, susurraba, mientras me entregaba una chuchería a escondidas en el patio, a la hora del recreo. A su lado los días parecían cumpleaños, noches de Reyes, vacaciones en la montaña, tardes sin deberes. Pero alguien se fue de la lengua y en pocas semanas todos los niños sabían quién pasaba golosinas de estraperlo. Su círculo de amigos aumentaba cada día e Inmaculada debía elegir con cuidado el destinatario de cada dulce. A veces olvidaba guardarse uno para ella y palidecía un poco, pero a nadie le importó.

Una mañana, al abrir el envoltorio encontró cinco ositos de goma, cada uno de un color y sabor diferentes. Ofreció el naranja al gracioso de la clase, un niño cálido y amistoso que tenía un gran éxito entre las niñas. El chaval lanzó el osito al aire y lo atrapó al vuelo. Inmaculada creyó desprenderse así de su vulgaridad. Entregó el amarillo, sabor limón, a la alumna más guapa de la escuela, una niña rubia y rica que siempre era el centro de atención, y que al engullir la chuche hizo desaparecer la tensión en la tripa y el alma de Inmaculada. Con el rojo fresa no tuvo dudas. Ruborizada se lo ofreció al niño fuerte y apasionado que convertía su corazón en fuegos artificiales. El dulce en aquellos labios transformó a la niña en pétalos de seda. Nadie quería el osito verde pero Inmaculada convenció a una niña tranquila que amaba la naturaleza para que probara un poco. ¡Sabe a manzana!, dijo al morderlo. Todo pensamiento envenenado se esfumó e Inmaculada volvió a alumbrar como un faro en la costa. Sólo quedaba una pastilla de goma blanca, sabor a piña, que había reservado para sí misma. A fin de cuentas, el blanco era su color, el de la pureza y la verdad. Ya estaba llevándose el osito a la boca cuando me vio llorando en una esquina y se ablandó. Se acercó silenciosa y me entregó el último dulce. Le di un mordisco y, al instante, la niña de gominola se derritió. Nos la comimos de a poco. Ahora la escuela es un juguete roto, un animal abandonado bajo la lluvia, renacuajos ahogándose en el barro, un balón desinflado, flores muertas en el asfalto, el final del verano.

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