lunes, 30 de abril de 2018

El cierzo del Ebro

Las llamamos montañas porque avanzan tan lentamente que es imposible verlas en movimiento. Pero si prestas atención observarás que cada pocas jornadas cambian de posición y, tras mucho tiempo, de lugar. Su gran tamaño hace difícil comprender su estructura pero tienen cabeza y tronco como nosotros, y cuatro extremidades. Las dos inferiores las alternan para avanzar, las superiores las utilizan para coger el alimento y llevárselo a la boca. Mira esa montaña de allí. Hace un tiempo la vi junto al pueblo. Se está desplazando y parece que se aproxima al río, un lugar propicio para nuestro cometido porque las montañas acuden allí a relajarse. Ve hacia ella y comprobarás que no se inmuta a menos que la toques o remuevas el aire en su oído con insistencia. Síguela. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El joven aprendiz agitó al unísono sus ocho tentáculos para impulsar el aire hacia atrás y avanzar rápidamente. Planeó esquivando sin dificultad a los lentos insectos con los que se cruzó, hasta coronar la montaña. Y se dispuso a esperar durmiendo entre los cabellos del gigantesco ser.

Mucho tiempo después la montaña reposaba en la orilla, sus extremidades como troncos plantadas en el agua. Recordó haber estudiado que estos seres extraordinarios son capaces de nadar las peligrosas aguas de la tierra que arrebatan la vida de los suyos y que, sin embargo, no saben surcar el aire por sus propios medios. Se acercó a su oído e hizo piruetas. Atravesó la maraña del brazo y pellizcó la carne. Se introdujo en su boca y se frotó con la campanilla. Revolvió con ímpetu los largos cabellos arraigados en la cabeza. La montaña no reaccionó pero al finalizar la jornada parecía que empezara a levantar una mano. No acababa de entender por qué sus compañeros encontraban divertido molestar a las montañas. Aunque se conocieran las técnicas el procedimiento requería paciencia y constancia. Se sentía tonto y terriblemente cansado.

Por fin, tras un largo periodo de tiempo, la montaña se alejó. El aprendiz buscó entre la hierba y tuvo suerte: encontró una pieza de metal perdida. Envió un mensaje mental y su maestro acudió con varios ayudantes. Entre todos recogieron el redondeado objeto y lo llevaron a un lugar seguro. Una extraña inscripción en relieve decoraba las dos caras del disco que brillaba intensamente bajo la luz del sol. ¡Bien hecho! Te pondré una buena nota. Aún no hemos descubierto la utilidad de estas lunas artificiales pero años de observación y estudio del comportamiento de las montañas nos hacen pensar que son objetos mágicos de gran poder, quizá la fuente de su inmortalidad.

Y las criaturas continuaron su camino por el valle del Ebro, provocando a su paso el fuerte viento que los habitantes de esta región denominan cierzo.

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