domingo, 25 de marzo de 2018

Vida animal

—Mamá, mamá. ¿Me traerás una bellota para mi colección?
—Por supuesto, cariño. —Dio un beso a su cría en la frente y mamá ardilla salió por el agujero del árbol. Nunca regresó.

Hambrienta, habiéndose comido todas las provisiones, incluso su colección de bellotas, la pequeña ardilla salió de su escondite.

Un niño la encontró casi muerta, un trapito mojado en el suelo del parque tras la tormenta. La cogió con cuidado, y sin saber con seguridad si vivía, la arropó con su pañuelo, la introdujo en el bolsillo de su camiseta y echó a correr. Corrió más rápido que nunca hasta casa y sin aliento ni palabras le mostró a su padre la breve vida que latía entre sus manos. Su padre cogió un espejito y comprobó si el animalillo respiraba. El cristal se empañó ligeramente. ¡Está viva, está viva! Celebró el niño saltando.

Se hicieron inseparables. El niño leía sus cuentos a la ardilla; la ardilla enseñaba al niño los mejores sitios donde recolectar frutas silvestres y bellotas. El niño aprendió a trepar a los árboles; la ardilla soñaba con convertirse en caballero andante o en mago para rescatar a la madre de su terrible destino. Siempre estaban juntos. El niño se asilvestró; la ardilla creció, aprendió a leer y a temer. Ya no quería salir de casa; el niño apenas entraba. Su amistad se apagó. La ardilla escribió su historia; nunca nadie la leyó. Una anécdota para un niño; una vida entera para una ardilla.

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