sábado, 30 de diciembre de 2017

Origen

Camina descalzo por la playa sin prestar atención a la arena que se introduce entre sus dedos irritándole la piel, ni a los fragmentos de conchas que se clavan en su carne. Solo tiene ojos para el inmenso huevo que lleva entre sus brazos. El peso le obliga a encorvar la espalda y camina con las rodillas flexionadas. Un paso seguido de otro sin pensar en nada más, ese es el truco para no desfallecer. Tiene que esconderlo cuanto antes. A través del sudor que empaña su vista distingue una pequeña embarcación varada en la orilla. Tendrá que servir. Instala con delicadeza el huevo azabache en el interior de la barquita y solo entonces se atreve a mirar a sus espaldas. Ya no le siguen pero no tardarán en encontrarle. Debe impedir a toda costa que se hagan con él, las consecuencias serían terribles. A sus pies, un amasijo de redes rotas abandonadas capta su interés. Las recoge y sujeta con ellas el huevo a la embarcación, evitarán que ruede al tiempo que amortiguan el roce con la madera. Listo. Arrastra la barca hasta el agua y unos metros mar adentro se encarama. Las ropas empapadas resultan un alivio para sus músculos doloridos. Ya no es joven, alguno incluso se atrevería a llamarlo anciano, pero es el único que puede llevar a cabo esta misión, solo él conoce el verdadero peligro. Rema con energía y pronto pierde de vista la orilla. Están a salvo, aunque sabe que es por poco tiempo. Se sienta un minuto a descansar y se le cierran los ojos. Un golpe seco le despierta. Encaramada sobre el huevo, una gaviota golpea contra el cascarón la concha de un molusco. ¡Maldita sea! La espanta de un grito y corre a comprobar que no haya sufrido ningún daño. Con su propia barba, tan larga que le llega a la cintura, frota la superficie para eliminar toda huella del animal. A continuación, desliza con temor la palma de la mano, pero no encuentra ninguna irregularidad. La cáscara parece fuerte y su suavidad le conmueve. Pulido como un espejo, el huevo le devuelve el reflejo de un viejo. Su propia visión le espanta y le hace regresar a la realidad. No tiene tiempo que perder. ¿Qué puede hacer? Es posible que el lugar más seguro sea el mar, sí, pero debe asegurarse de que no lo encuentre nadie. Debería hundirlo, pero ¿cómo? Si hubiera cogido unas piedras podría sujetarlas al cascarón con las redes, pero ahora no es buena idea volver a la orilla, le estarán buscando. Puede que al anochecer lo intent... Un crujido interrumpe sus pensamientos. ¡No! Ha aparecido una grieta en la parte superior. Su blancura destaca como un relámpago en la noche. El huevo, definitivamente, está roto. Pensándolo bien, quizá sea lo mejor, que el monstruo muera cuanto antes. ¿Qué es ese sonido? Parece que viene del interior. Coloca ambas manos sobre él y nota un temblor. No es posible. Es demasiado pronto. No puede haber terminado de formarse. La cáscara se resquebraja entre sus dedos y algo repta con dificultad hasta el borde, algo que parece, no, que es, sin la menor duda, una mano humana. Oh, no, no, no. Será el fin del mundo. Y llevándose la mano al pecho, el anciano dios murió.

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