viernes, 29 de diciembre de 2017

Las bayas de la verdad

—Tienes dos opciones. Esperar y cruzar los dedos o ir a verle, «a ÉL».
—No me creo nada de lo que cuentan. La magia no existe.
—No es magia sino conocimiento, aunque da un poco de miedo verlo en acción. Dicen que su piel se volvió blanca la primera vez que comió una de esas bayas rojas, del susto, ¿te imaginas?
—No es solo la piel. Siempre me pareció un tipo raro, si quieres saber mi opinión. Nadie sabe qué es exactamente. Un buen día aparece en el valle y, en vez de echarle, ahora resulta que todos siguen sus consejos porque se supone que ve el futuro. Tonterías, cuentos y mentiras, eso es lo que me parece y me niego a ir a verle.
—Pues así no puedes seguir, con esa indecisión. Las orejas se te están quedando calvas de tantas preocupaciones. Yo te acompaño, si quieres.
—De acuerdo, pero acepto solo para demostrarte que tengo razón y que ese forastero no es más que un farsante.

Los dos animales se encaminaron al bosque a pequeños saltos. A pesar de su sigilo una marmota vigía dio la voz de alarma y cuando llegaron al árbol muerto Él les aguardaba.
—Dirá que sus visiones le han advertido de nuestra llegada —susurró el conejo a la ardilla entre risas.
—Vienes a pedirle ayuda, ten un poco de respeto, por favor.
La criatura los saludó con un ligero movimiento de cabeza. Sus minúsculos cuernos brillaron al contacto con la luz de la luna. Parecía un corzo pero tenía el tamaño y las orejas de un zorro y, aunque tenía cuatro patas como todo animal terrestre de bien, no olía a nada. Era como si su aroma hubiera desaparecido al mismo tiempo que su color. Les miró con unos grandes ojos oscuros.
—¿Me buscabais?
—Buenas noches —se adelantó la ardilla—. Mi amigo necesita su consejo. Si fuera tan amable de ver su futuro...
—No siempre el futuro es amable pero estaré encantado de ayudar si está en mi pata.
Se inclinó sobre unos pequeños frutos que colgaban del árbol muerto, probablemente una planta que había crecido sobre él pero nadie se había atrevido a comprobarlo. Cogió entre sus dientes un pequeño tallo y tiró hasta desprender dos bayas rojas y brillantes como lágrimas de sangre.
—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres?
El conejo asintió levemente y una baya desapareció en el interior del hocico del níveo ser mientras fijaba su mirada en él. Por un instante sus ojos refulgieron como el sol en los brotes verdes tras una tormenta, lo que tuvo el mismo efecto en el conejo que aquella vez que los faros de una máquina infernal lo alumbraron al borde del río negro: se quedó paralizado, dejó de respirar y por un segundo olvidó incluso su nombre. Mientras tanto la criatura se había sentado y parecía infinitamente triste. La ardilla, nerviosa tras esperar varios minutos que le parecieron horas, por fin se atrevió a preguntar:
—¿Qué ha visto?
El extraño ser había recuperado el color de sus ojos y parecía que esa oscuridad se hubiera expandido hasta su corazón. Cuando habló lo hizo con una voz grave y contenida, con el cuidado y la delicadeza del que sostiene entre sus manos una frágil esfera de cristal:
—Debes irte conejo, tu familia corre un grave peligro. Si no te alejas tus peores temores se harán realidad. Has sabido leer las señales y gracias a eso aún estás a tiempo de cambiar las cosas.
Conejo seguía paralizado. Las palabras de la criatura, aunque crípticas, tenían sentido para él, y sus dudas se disiparon como la bruma al amanecer.
—No puedo irme. Mi familia vive aquí desde hace generaciones. Todo lo que tengo, todo lo que conozco, está entre estas montañas.
—La decisión es solo tuya pero si mi consejo te atormenta toma esta segunda baya. Si la ingieres los tres olvidaremos lo que ha pasado esta noche y podrás continuar con tu vida, pero será por poco tiempo. El hombre está en camino. Te recomiendo que la entierres para que la verdad germine y dé frutos. Eres dueño de tu futuro, conejo. Buenas noches. —Y con un movimiento etéreo, casi fantasmal, el peculiar animal se retiró al interior del tronco seco dejando a los dos amigos asustados y aturdidos.

—Creo que ha llegado el momento de buscar otro lugar donde vivir —dijo conejo al día siguiente.
—¿Lo has pensado bien? Después de todo, no has dudado ni un segundo de sus palabras —replicó ardilla.
—Cuando la verdad atraviesa tu cuerpo como un rayo no es necesario creer, simplemente sabes que es cierto —contestó conejo con rotundidad—. Pero no tener alternativa me aterra. Es como si las garras del águila y las manos del hombre se hundieran en mi cuerpo a la vez —continuó, con cierto pesar.
Ardilla no dudó. Se aproximó a él con determinación y mirándole a los ojos le dijo solemnemente: —No tengas miedo. Iré contigo. Juntos haremos frente al destino.
Conejo sintió que llegaba la primavera y derretía el hielo del invierno. El apoyo de su amigo convertía su miedo en mariposas y su exilio en aventura. Con una sonrisa contestó: —¿Lo has pensado bien? Después de todo, no has dudado ni un segundo de mis palabras —los dos amigos rieron y se abrazaron.

Conejo y ardilla empaquetaron sus pertenencias más valiosas y emprendieron la búsqueda de un nuevo hogar. Tras mucho caminar dieron con el emplazamiento perfecto y sellaron su decisión enterrando la baya en la tierra. Un hermoso árbol creció y todavía hoy el símbolo de su amistad ondea como una bandera. Cuando el viento es favorable, en todo el valle se oyen, para quien sepa escuchar, las palabras que susurran la verdad.


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