domingo, 22 de octubre de 2017

Hipocampo

Esta mañana he encontrado un caballo en mi bañera. No sé cómo ha podido llegar hasta un sexto piso sin ascensor si la escalera es tan estrecha que al subirla te mareas. Lo observo desde la puerta: en la bañera entra a duras penas. Mantiene las cuatro patas juntas para no tocar la loza y el cuello, doblado en mi dirección, roza el techo con la crin. Su respiración ha empañado el espejo. Tiene unos hermosos ojos tristes, tan negros como el cuerpo terso y musculoso que tiene la apariencia de un volcán momentos antes de entrar en erupción. Me da un poco de miedo porque el caballo parece más asustado que yo. Quisiera acariciarle pero al acercarme se inquieta. Sus relinchos retumban por toda la casa y los vecinos al mediodía han llamado a mi puerta. He probado a darle de comer pero ha rechazado las manzanas Golden y las zanahorias ecológicas. No sé qué hacer. Se está comiendo mi esponja de mar natural y era nueva. Se me ocurre abrir el grifo para forzarle a salir pero el caballo, al contacto con el agua, se transforma y se relaja inmediatamente, se convierte en sol y brisa, en la imagen misma de la felicidad. Bucea y salta como si fuera un delfín. Juega a perseguirse la cola, cabriola y me salpica. Repliega los belfos y puedo ver su dentadura. Creo que se está riendo de mí. Al anochecer, cansado de nadar, recupera su forma original y me pide amablemente la pastilla de jabón. Se la acerco y la coge entre los dientes pero se le cae al fondo de la bañera con tan mala suerte que la pisa, se resbala y cae de lado sobre mí mientras el agua se desborda sobre las baldosas floreadas como una cascada en primavera. Aplastada bajo el peso del caballo, el aire me rehúye y el impacto del agua me hace recordar que no sé nadar. Entro en pánico. Mis pulmones son una charca donde naufraga mi conciencia y el baño inundado se convierte en un océano. Me hundo en el abismo entre algas, peces y coral. El caballo marino acude al rescate a gran velocidad impulsado por sus aletas y cola pisciforme, me arrastra fuera del agua y me hace el boca a boca. El aire fresco sabe a una mezcla de sal y jabón. Abro los ojos temblando y miro a mi alrededor desconcertada. La falta de oxígeno ha dañado mi hipocampo y no recuerdo dónde estoy ni por qué hay un caballo a mi lado.

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