martes, 19 de septiembre de 2017

Javier

De niña pensaba que la muerte
era un lugar del que se volvía.

Le preguntaba a mi abuela por mi tío Javier.
A mis dos años no entendía
por qué se apenaba cuando decía
que su hijo estaba con la Virgen María.

Aún puedo verlo...
en una tienda de campaña blanca
coronada por una cruz.
Lo imaginaba jugando a las cartas
con una bella señora serena que emitía luz.

Mi abuela me entregaba su fotografía
y salía silenciosa de la habitación.
Yo, niña inocente, no era consciente
de que mis preguntas despertaban su dolor.

Esperé mucho tiempo
el regreso de mi tío
de esos largos campamentos,
pero el joven de la repisa nunca creció.
Echaba de menos
su cariño y su risa,
que me alzara en sus brazos
y me hiciera volar por la cocina.

Él es mi primer recuerdo;
también, el entendimiento:
mi primer contacto con la muerte,
con su significado,
con el conocimiento
que nos hace humanos.

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