lunes, 10 de diciembre de 2018

Cosas de niñas

Alba es un ángel, una niña tan perfecta que sólo puede ser una creación divina. Sus bucles dorados hacen honor a su nombre aunque toda ella irradia luz como un amanecer: su piel de porcelana, sus dientes engarzados en una sonrisa siempre dispuesta, sus ojos de un azul intenso cual cielo de verano, su risa refrescante como una cascada de agua, su dulce voz que refleja una inocencia y pureza sin parangón... Algunos la tildan de cursi porque siempre viste de rosa y a menudo se peina con dos coletas aunque ya está más cerca de la adolescencia que de la infancia. Alba no sólo es bonita, es también la niña más buena que unos padres pueden desear: la primera de la clase desde preescolar, obediente y ordenada, ayuda con las tareas domésticas y hace los deberes antes de salir a jugar. «Mis papás creen que estoy en el parque con las otras niñas, pero sus juegos son taaan ñoños y aburridos... ¡No chilles! Te prometo que enseguida se habrá acabado todo». Alba tiene sangre en sus blancas manos. Luego se las tendrá que lavar a conciencia con el cepillo de uñas de Peppa Pig, pero ahora disfruta de la visión de su color favorito y saborea el instante. Ha conseguido atrapar un ratoncillo campestre y le ha abierto el cuerpo en canal antes de que deje de respirar. Observa minuciosamente los órganos internos del ratón, aún calientes y palpitantes, y los dibuja aplicada en su libreta. ¡Qué lástima no poder enseñar a nadie su investigación! Alba es tan lista que sabe con certeza que papá se enfadaría y mamá se echaría a llorar; que tampoco la maestra sabría apreciar su progreso con el carbón y la sanguina, los delicados detalles de sus dibujos, el volumen resultante de la aplicación precisa de luces y sombras, ni el color tan intenso fruto de la experimentación con la materia prima: la sangre del propio modelo. Pero lo que más le dolería es que su profundo conocimiento de anatomía animal pasara desapercibido, su meticulosidad a la hora de representar las diferencias de textura y color o la correcta disposición y proporción de cada uno de los órganos internos de todos los pequeños seres vivos que ha estudiado de momento: innumerables insectos, treinta y un moluscos, diecinueve reptiles, doce anfibios y siete aves ya no tienen secretos para ella. Después de dibujarlos los entierra o los vuelve a lanzar al mar, pero conserva un pequeño fragmento de cada especie como reliquia en una caja de madera. Alba sabe que no hay mejor escondite para su colección que el que está a la vista de todos, por eso exhibe la caja con orgullo en una balda de su estantería, entre libros y muñecas. Una gran pegatina rosa anuncia en la tapa, con esmerada caligrafía, Ropita de Barbie. Del ratón decide preservar uno de los pequeños incisivos. ¡Qué ironía! Alba se ríe de su ocurrencia mostrando su preciosa dentadura en la que ya no queda ningún diente de leche. «A ti te catalogaré como Ratoncito Pérez. Eres mi primer mamífero. Mañana intentaré cazar un conejo o un gato; quizá un perrito, son más confiados, un tanto tontos diría yo... como mis compañeros de escuela. Estaría bien ver qué tienen ellos por dentro. Quizá lleve a Martín al bosque un día de estos. Me he dado cuenta de cómo me mira. Seguro que si le prometo un beso, me sigue hasta aquí como un perro».

viernes, 7 de diciembre de 2018

El país de los espejos

Se sabía falsa, una mujer de mentira. Le parecía que hasta desteñía y no podía llorar. ¡Qué tontería! ¡Estás loca! Le dijeron aquellos a los que se atrevió a contar su preocupación. ¡Y péinate! ¡Mira cómo vas! ¡Así nunca te vas a casar! María agachaba la cabeza y empequeñecía también su confianza, que no su convicción, a pesar de que nadie más pareciera darse cuenta de los bordes imperfectos de ese mundo postizo, del cartón que despuntaba si rascaba la pintura de la superficie. ¡Cómo pueden estar tan ciegos! ¿No ven los hilos que sujetan sus brazos, sus casas, sus niños? Una vez tiró del que sostenía su cabeza y se le llenó la boca de escayola azul. El cielo era también un artificio. Otro día caminó sin intención de volver y descubrió que el horizonte terminaba en una pared de cristal opaco. A veces veía cosas al otro lado: un leve movimiento como el batir de alas de una mariposa, destellos fugaces que le recordaban a las Lágrimas de San Lorenzo, y misteriosas sombras chinescas, en especial a altas horas de la noche en las que la luz era más intensa allá fuera. María saltaba y gritaba como si realmente estuviera loca pero no conseguía hacerse ver ni oír, ni a un lado ni al otro, aunque golpeara con fuerza el cristal. Intentó romperlo, mas troncos y rocas se doblaban en el impacto. Ya nadie del pueblo le dirigía la palabra cuando una tarde de invierno encendió la chimenea como de costumbre y, guiada por un impulso, empezó a quemar todas sus pertenencias. Uno a uno lanzó al fuego sus amados libros, sus cuadernos sin usar, las sábanas ajadas de la cama y la ropa bonita que atesoraba en el armario. Siguió con los muebles y la casa entera se incendió. Una botella de alcohol, un brindis con las llamas y otra casa se unió al baile en torno a la colosal hoguera. Ya el pueblo entero ardía: las farolas, los vehículos, los contenedores... incluso el asfalto era de cartón. Los vecinos no se dieron cuenta de que se consumían, siguieron con sus quehaceres cotidianos y sus conversaciones quedaron interrumpidas. En pocas horas el incendio se extendió a los campos y colinas circundantes. El paisaje se tiñó de rojo, pues hasta la última mota de polvo ardió. La luz era tan intensa que parecía que se hubiera hecho de día en el país de los espejos. María esperaba optimista pese al terror que le producía la cercanía de las llamas. A su espalda el cristal quemaba al tacto en el momento en que por fin acudió un equipo de rescate. Tras romper el vidrio, una mano tiró de ella y la arrastró al otro lado del marco. María no podía creer que su plan hubiera funcionado mientras contemplaba maravillada un hermoso y brillante nuevo mundo de plástico.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Menos diez

Menos diez grados
y diez años
lejos de aquí.
Viaje en el tiempo,
sangre en las manos,
el corazón abierto
y sin esculpir.
No sabía que dejaba
mis entrañas en esta tierra
de árboles viejos
y retorcidos
como la vida.
Siempre hay una montaña
a la vista,
radiante rayo de sol
que me mira
y me increpa:
¿dónde estás?

Cuenca

Silencio que acaricia,
aire limpio,
frío honesto,

ser sin prisa,
tiempo detenido,
bosque extenso,

invierno cálido,
montaña viva,
sol inmenso,

paz antigua,
breve mundo,
arte moderno,

inspiración sencilla,
libertad amiga,
vuelo nuevo,

pájaros cantores,
tierra baldía,
pasado excelso;

Cuenca es hoy
igual que ayer:
futuro incierto.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Acuariofilia

Dudo si tener un pez. Algunos amigos tienen y parecen exhaustos, como si tener peces fuera agotador. Cuando les pregunto, esbozan una sonrisa cansada y lo niegan. Si insisto argumentan que un pez te cambia la vida pero que te acabas acostumbrando. Miran embelesados a su pez. Son hermosos los peces, sí, pero tan pequeños y delicados.... Requieren atención constante. A la que te despistas se mueren y los encuentras flotando en la superficie del acuario.

martes, 13 de noviembre de 2018

¡Ni que fuera Mowgli!

Los animales me vuelven loca desde que nací. La culpa es de mis padres por darme en adopción a la perra labrador que tenían en casa. Le dijeron a Saschka que yo era su cacharro para que no me tuviera celos, y desde el primer día la perra se tomó muy en serio la tarea de cuidarme. No dejó que se me acercara nadie hasta que se murió once años después, creo que es por eso que me cuesta menos socializar con animales que con personas. Su pérdida me marcó profundamente y desde entonces adopto todo animal que se cruza en mi camino. Por mis manos han pasado de momento cinco perros, nueve gatos, dos tortugas, una ardilla y un hámster. No sé si contar los múltiples caracoles, ranas y cangrejos que he recogido a lo largo de mi vida. Como no recuerdo sus nombres no lo haré, aunque entonces tengo que añadir a la lista mi última incorporación a la familia: Baba, una babosa bebé que apareció ayer medio muerta entre las hojas de una coliflor que llevaba una semana en la nevera. Sacarla a la calle con este frío sería condenarla a morir, de modo que le hemos confeccionado un hogar con un bol de cristal y unas hojas de lechuga. Google dice que es su plato favorito y Google nunca se equivoca: en pocas horas ha triplicado su tamaño. No sé cómo le voy a decir a mi madre que la próxima vez que me vaya de viaje tiene que cuidar a una babosa además de a mis dos gatos y a mi perra... En el fondo no debería sorprenderle. Ya de niña coleccionaba peluches. Los fines de semana los clasificaba por especies, montaba un zoo y cobraba la entrada. Tengo una foto con todos ellos. Llenaban una habitación. Ahora tengo muchos más, repartidos por toda la casa. Mi novio alimenta mi enfermedad: hace unos años se le ocurrió que podíamos comprar una figura de cada animal que viéramos en estado salvaje. Como nos encanta caminar en silencio por la naturaleza, tengo ya una vitrina llena de figuritas. Por si fuera poco, mi última obsesión son los Playmobil: he fabricado un diorama en un estante del salón que representa los parajes naturales por los que solemos pasear en vacaciones, y lo he llenado de fauna pirenaica: vacas, corzos, sarrios, zorros, jabalíes, ratones, conejos... Así no los echo tanto de menos cuando regresamos a la ciudad. Olvidaba mencionar que también tengo media gata o una gata compartida que okupa mi terraza cuando necesita un poco de tranquilidad, pues los hijos de mi vecino son del tipo mandril (con perdón de los mandriles): gritan, corren y dan golpes sin cesar. Con lo silenciosa que jugaba yo de pequeña con mis peluches... Esta niña será veterinaria, como su abuelo y el padre de su abuelo y el padre del padre de... pero mi vocación cambió cuando una compañera de trabajo de mi padre me llevó a la Facultad de Veterinaria a ver animalitos y acabé presenciando una operación de un conejo blanco, un lienzo estupendo para la sangre... Ese día decidí que prefería ser granjera, inocente de mí, no sabía la auténtica finalidad de una granja. Ahora me conformo con hacer de mi casa un pequeño santuario de animales en el que hasta las moscas tienen una oportunidad de vivir... pero no se lo digáis a mi madre. 

martes, 16 de octubre de 2018

Azul metálico

¿Qué pasaría si las personas fueran incapaces de mentir? ¿Si no volviera a salir el sol? ¿Si pudiera volar o hacerme invisible? ¿Y si pudiera parar el tiempo? SOLEDAD. La respuesta siempre es soledad. Y FRÍO, piensa la mujer tumbada en la blanca oscuridad. Tiene las manos heladas; los pies, ni los siente. El vapor de su respiración empaña a intervalos su visión. Respira con dificultad después de la gélida discusión. Tiene los ojos hinchados de palabras y las mejillas acartonadas por las lágrimas que nunca consigue contener. Mueve con apatía los dedos de la mano derecha y la nieve se deshace lentamente entre ellos. No recuerda qué desencadenó la discusión, sólo que insistió mucho en quedar. Los copos siguen cayendo como promesas y se posan en su pelo con suavidad, con más delicadeza de la que nadie le ha mostrado jamás. Cree que esta vez no habrá vuelta atrás. No se ve capaz de olvidar sus palabras insensibles: “No sé si me compensa tu amistad”; ni su glacial indiferencia cortante como el cierzo. ¿Desde cuándo las relaciones personales se pesan sobre una balanza de intereses? Tanto tiempo compartido tirado a la basura, al contenedor de residuos orgánicos… ¿Y las palabras? ¿Qué se hace con las rotas y usadas? ¿Dónde se tiran las conversaciones hasta altas horas de la madrugada? ¿Se reciclan? ¿Se gastan? El futuro está en blanco igual que el suelo que empapa su ropa, como una noche de invierno sin sueños ni manta: la ventana abierta, la esperanza cerrada. Se siente traicionada, abandonada como un perro que creció demasiado rápido y no comprende que se volvió aburrido aunque, si salta, tampoco hace ya ninguna gracia. El dolor le corta la respiración y no encuentra la voz. Se hunde en un lago helado y se le encharca la lengua. ¿Cómo seguir confiando en la humanidad? ¿Qué significa exactamente esa palabra? Ya no lo recuerda. El vacío es de color azul metálico. Cierra los párpados cubiertos de escarcha. Ya no le importa nada. Se consume en la nieve y en la oscuridad. Deja de existir por un momento cuando logra dejar de pensar y de sentir.

Pero ahí está él y la calidez de su mano, siempre a tiempo. Le ayuda a levantarse del suelo, le sacude la nieve y le abraza. Le recuerda lo único importante: que vivir es decidir quién permites que te haga daño, otra vez.